31 agosto 2016

LAS SIETE PALABRAS DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO EN LA CREACIÓN



LAS SIETE PALABRAS DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO EN LA CREACIÓN



I.- En la Primera Revelación-Don, habló Dios Padre, lo hizo en los siete días de la Creación por Él mismo y luego por medio de revelaciones a los patriarcas y profetas, así como a otros que intervinieron en los demás escritos.


II.- En la Segunda Revelación-Don, habló El Hijo, Jesús, El Señor, y como Él mismo lo dijo, Hizo Nuevas todas las Cosas, y esto fue con las Siete Palabras en la Santa Cruz, que es donde Obró la Salvación. Después continuó interviniendo-revelándose a sus Apóstoles, discípulos y Santos que lo siguieron.


III.- En la Tercera Revelación-Don, habló El Espíritu Santo Revelándose especialmente a cuatro personas para profundizar los misterios y así hacer-dar-Donar El Espíritu Puro. Estas cuatro personas son: Venerable Sierva de Dios Sor María de Jesús de Ágreda, Santa A. C. de Emmerich, María Valtorta y Luisa Picarreta. Después continuó interviniendo-revelándose a otros Santos conocidos o no.


Ver cuadro explicativo completo al respecto:


Originalmente publicado en:




LAS SIETE PALABRAS DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO EN LA CREACIÓN


LAS SIETE PALABRAS DE JESÚS EN LA SANTA CRUZ, , según María Valtorta, en su obra “El evangelio como me fue revelado” o “El poema del Hombre Dios”



LAS SIETE PALABRAS DE JESÚS EN LA SANTA CRUZ, , según María Valtorta, en su obra “El evangelio como me fue revelado” o “El poema del Hombre Dios



-Id. Encontraréis ya en el palacio a los soldados de Roma y a quinientos hombres de mis tierras armados, y os castrarán como a viejos cabros destinados para comida de los esclavos de los molinos.

-¡Descarada! ¿Así hablas a los sacerdotes?

-¡Sacrílegos! ¡Infames! ¡Malditos! ¡Volveos! Detrás de vosotros tenéis, yo las veo, las lenguas de las llamas infernales. Tan segura es la afirmación de María Magdalena, que esos cobardes se vuelven, verdaderamente aterrorizados; y, si no tienen las llamas detrás sí tienen en los lomos las bien afiladas lanzas romanas. Porque Longinos ha dado una orden y la media centuria que estaba descansando ha entrado en acción y pincha en las nalgas a los primeros que encuentra. Éstos huyen gritando y la media centuria se queda cerrando los accesos de los dos senderos y haciendo de baluarte a la explanada. Los judíos imprecan, pero Roma es la más fuerte.

 La Magdalena se cubre de nuevo con su velo -se lo había levantado para hablar a los insultadores- y vuelve a su sitio.

 Pero el ladrón de la izquierda sigue diciendo insultos desde su cruz. Parece como si en él se condensaran todas las blasfemias de los otros, y las va soltando todas, para terminar:

-¡Sálvate y sálvanos, si quieres que se te crea. ¿El Cristo Tú? ¡Un loco es lo que eres! El mundo es de los astutos y Dios no existe. Yo existo, esto es verdad, Y para mí todo es lícito. ¿Dios?... ¡Una patraña! ¡Creada para tenernos quietecitos! ¡Viva nuestro yo! ¡Sólo él es rey y dios!

 El otro ladrón, que está a la derecha y tiene casi a sus pies a María y que mira a Ella casi más que a Cristo, y que desde hace algunos momentos llora susurrando: «La madre», dice:

-¡Calla! ¿No temes a Dios ni siquiera ahora que sufres esta pena? ¿Por qué insultas a uno bueno? Está sufriendo un suplicio aún mayor que el nuestro. Y no ha hecho nada malo.

 Pero el mal ladrón continúa sus imprecaciones.

 Jesús calla. Jadeante por el esfuerzo de la postura, por la fiebre, por el estado cardiaco y respiratorio, consecuencia de la flagelación sufrida en forma tan violenta, y también consecuencia de la angustia profunda que le había hecho sudar sangre, busca un alivio aligerando el peso que carga sobre los pies suspendiéndose de las manos y haciendo fuerza con los brazos.

 Quizás lo hace también para vencer un poco el calambre que ya atormenta los pies y que es manifiesto por el temblor muscular.

 Pero las fibras de los brazos -forzados en esa postura y seguramente helados en sus extremos, porque están situados más arriba y exangües (la sangre a duras penas llega a las muñecas, para rezumar por los agujeros de los clavos, dejando así sin circulación a los dedos)- tienen el mismo temblor. Especialmente los dedos de la izquierda están ya cadavéricos y sin movimiento, dobladoshacia la palma.

 También los dedos de los pies expresan su tormento; sobre todo, los pulgares, quizás porque su nervio está menos lesionado: se alzan, bajan, se separan.

 Y el tronco revela todo su sufrimiento con su movimiento, que es veloz pero no profundo, y fatiga sin dar descanso. Las costillas, de por sí muy amplias y altas, porque la estructura de este Cuerpo es perfecta, están ahora desmedidamente dilatadas por la postura que ha tomado el cuerpo y por el edema pulmonar que ciertamente se ha formado dentro. Y, no obstante, no son capaces de aligerar el esfuerzo respiratorio; tanto es así, que todo el abdomen ayuda con su movimiento al diafragma, que se va paralizando cada vez más.

 Y la congestión y la asfixia aumentan a cada minuto que pasa, como así lo indican el colorido cianótico que orla los labios, de un rojo encendido por la fiebre, y las estrías de un rojo violáceo que pincelan e1 cuello a lo largo de las yugulares túrgidas, y se ensanchan hasta las mejillas, hacia las orejas y las sienes, mientras que la nariz aparece afilada y exangüe y los ojos se hunden en un círculo que, donde no hay sangre goteada de la corona, aparece lívido.

 Debajo del arco costal izquierdo se ve la onda -irregular pero violenta- propagada desde la punta cardiaca, y de vez en cuando, por una convulsión interna, se produce un estremecimiento profundo del diafragma, que se manifiesta en una distensión total de la piel en la medida en que puede estirarse en ese pobre Cuerpo herido y moribundo.

 La Faz tiene ya el aspecto que vemos en las fotografías de la Síndone, con la nariz desviada e hinchada por una parte; y también el hecho de tener el ojo derecho casi cerrado, por la hinchazón que hay en ese lado, aumenta el parecido.

 La boca, por el contrario, este abierta, y reducida ya a una costra su herida del labio superior.
La sed, producida por la pérdida de sangre, por la fiebre y el sol, debe ser intensa; tanto es así que Él, con una reacción espontánea bebe las gotas de su sudor y de su llanto, y también las de sangre que bajan desde la frente hasta el bigote, y se moja con estas gotas la lengua...

 La corona de espinas le impide apoyarse al mástil de la cruz para ayudarse a estar suspendido de los brazos y aligerar así los pies. La zona lumbar y toda la espina dorsal se arquean hacia afuera, quedando Jesús separado del mástil de la cruz del íleon hacia arriba por la fuerza de inercia que hace pender hacia adelante un cuerpo suspendido, como estaba el suyo.

 Los judíos, rechazados hasta fuera de la explanada, no dejan de insultar, y el ladrón impenitente hace eco.

 El otro, que mira con piedad cada vez mayor a la Madre, y que llora, le reprende ásperamente cuando oye que en el insulto está incluida también Ella.

-¡Cállate! Recuerda que naciste de una mujer. Y piensa que las nuestras han llorado por causa de los hijos. Y han sido lágrimas de vergüenza... porque somos unos malhechores. Nuestras madres han muerto... Yo quisiera poder pedirle perdón... Pero ¿podré hacerlo? Era una santa... La maté con el dolor que le daba. Yo soy un pecador... ¿Quién me perdona? Madre, en nombre de tu Hijo moribundo, ruega por mí.

 La Madre levanta un momento su cara acongojada y lo mira, mira a este desventurado que, a través del recuerdo de su madre y de la contemplación de la Madre, va hacia el arrepentimiento; y parece acariciarlo con su mirada de paloma.

 Dimas llora más fuerte. Y esto desata aún más las burlas de la muchedumbre y del compañero. La gente grita:

-¡Sí señor! Tómate a ésta como madre. ¡Así tiene dos hijos delincuentes!

Y el otro incrementa:

-Te ama porque eres una copia menor de su amado.

Jesús dice ahora sus primeras palabras:

-¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!

 Esta súplica le hace superar todo temor a Dimas. Se atreve a mirar a Cristo, y dice:

-Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. Yo, es justo que aquí sufra. Pero dame misericordia y paz más allá de esta vida. Una vez te oí hablar, y, como un demente, rechacé tu palabra. Ahora, de esto me arrepiento. Y me arrepiento ante ti, Hijo del Altísimo, de mis pecados. Creo que vienes de Dios. Creo en tu poder. Creo en tu misericordia. Cristo, perdóname en nombre de tu Madre y de tu Padre santísimo.

Jesús se vuelve y lo mira con profunda piedad, y todavía expresa una sonrisa bellísima en esa pobre boca torturada. Dice:

-Yo te lo digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

 El ladrón arrepentido se calma, y, no sabiendo ya las oraciones aprendidas de niño, repite como una jaculatoria: «Jesús Nazareno, rey de los judíos, piedad de mí; Jesús Nazareno, rey de los judíos, espero en ti; Jesús Nazareno, rey de los judíos, creo en tu Divinidad».

 El otro continúa con sus blasfemias.

 El cielo se pone cada vez más tenebroso. Ahora difícil es que las nubes se abran para dejar pasar el sol; antes al contrario, se superponen en una serie cada vez mayor de estratos plúmbeos, blancos, verduscos; se entrelazan o se desenredan, según los juegos de un viento frío que a intervalos recorre el cielo y luego baja a la tierra y luego calla de nuevo (y es casi más siniestro el aire cuando calla, bochornoso y muerto, que cuando silba, cortante y veloz).

 La luz, antes de una desmesurada intensidad, se va haciendo verdosa. Y las caras adquieren caprichosos aspectos.

 Los soldados, con sus yelmos, vestidos con sus corazas antes brillantes y ahora como opacas bajo esta luz verdosa y este cielo de ceniza, muestran duros perfiles, como cincelados. Los judíos, en su mayor parte de pelo, barba y tez morenos, asemejan ahora - tan térreos se ponen sus rostros- a ahogados. Las mujeres parecen estatuas de nieve azulada por la exangüe palidez que la luz acentúa.

 Jesús parece lividecer de una manera siniestra, como por un comienzo de descomposición, como si ya estuviera muerto. La cabeza empieza a reclinarse sobre el pecho. Las fuerzas rápidamente faltan. Tiembla, aunque le abrase la fiebre.

 Y, en medio de su débil estado, susurra el nombre que antes ha dicho solamente en el fondo de su corazón: « ¡Mamá!», «¡Mamá!». Lo susurra quedamente, como en un suspiro, como si ya estuviera en un leve delirio que le impidiera retener lo que la voluntad quisiera contener. Y María, cada vez que lo oye, irrefrenablemente, tiende los brazos como para socorrerlo.

 La gente cruel se ríe de estos dolores del moribundo y la acongojada. De nuevo suben los sacerdotes y escribas, hasta ponerse detrás de los pastores, los cuales, de todas formas, están en el rellano de abajo. Y dado que los soldados hacen ademán de rechazarlos, reaccionan diciendo:

-¿Están aquí estos galileos? Pues estamos también nosotros, que tenemos que constatar que se cumpla la justicia totalmente. Y, desde lejos, con esta luz extraña, no podemos ver.

 En efecto, muchos empiezan a impresionarse de la luz que está envolviendo al mundo, y alguno tiene miedo. También los soldados señalan al cielo y a una especie de cono, tan oscuro, que parece hecho de pizarra, y que se eleva como un pino por detrás de la cima de un monte. Parece una tromba marina. Se alza, se alza, parece generar nubes cada vez más negras: de alguna forma, asemeja a un volcán lanzando humo y lava.

 Es en esta luz crepuscular y amedrentadora en la que Jesús da Juan a María y María a Juan. Inclina la cabeza, dado que María se ha puesto más debajo de la cruz para verlo mejor, y dice:

-Mujer: ahí tienes a tu hijo. Hijo: ahí tienes a tu Madre.

El rostro de María aparece más desencajado aún, después de esta palabra que es el testamento de su Jesús, el cual, no tiene nada que dar a su Madre, sino un hombre; Él, que por amor al Hombre la priva del Hombre-Dios, nacido de Ella.

 Pero trata, la pobre Madre, de no llorar sino mudamente, porque no puede, no puede no llorar... Las gotas del llanto brotan, a pesar de todos los esfuerzos hechos por retenerlas, aun expresando con la boca su acongojada sonrisa fijada en los labios por Él, para consolarlo a Él...

 Los sufrimientos son cada vez mayores y la luz es cada vez menor. Es en esta luz de fondo marino en la que aparecen, detrás de los judíos, Nicodemo y José, y dicen:

-¡Apartaos!

-No se puede. ¿Qué queréis? - dicen los soldados.

-Pasar. Somos amigos del Cristo.

 Se vuelven los jefes de los sacerdotes.

-¿Quién osa profesarse amigo del rebelde? - dicen indignados.

 Y José, resueltamente:

-Yo, noble miembro del Gran Consejo: José de Arimatea, el Anciano; y conmigo está Nicodemo, jefe de los judíos.

-Quien se pone de la parte del rebelde es rebelde.

-Y quien se pone de la parte de los asesinos es un asesino, Eleazar de Anás. He vivido como hombre justo. Ahora soy viejo. Mi muerte no está lejana. No quiero hacerme injusto cuando ya el Cielo baja a mí y con él el Juez eterno.

-¡Y tú, Nicodemo! ¡Me maravillo!

-Yo también. Pero sólo de una cosa: de que Israel esté corrompido, que no sepa ya reconocer a Dios.

-Me causas horror.

-Apártate, entonces, y déjame pasar. Pido sólo eso.

-¿Para contaminarte más todavía?

-Si no me he contaminado estando a vuestro lado, ya nada me contamina. Soldado, ten la bolsa y la contraseña. Y pasa al decurión más cercano una bolsa y una tablilla encerada.

El decurión observa estas cosas y dice a los soldados:

-Dejad pasar a los dos.

 Y José y Nicodemo se acercan a los pastores. No sé ni siquiera si los ve Jesús, en esa bruma cada vez más densa, y velada su mirada con la agonía. Pero ellos sí lo ven, y lloran sin respeto humano, a pesar de que ahora arremetan contra ellos los improperios sacerdotales.

 Los sufrimientos son cada vez más fuertes. En el cuerpo se dan las primeras encorvaduras propias de la tetania, y cada manifestación del clamor de la muchedumbre los exaspera. La muerte de las fibras y de los nervios se extiende desde las extremidades torturadas hasta el tronco, haciendo cada vez más dificultoso el movimiento respiratorio, débil la contracción diafragmática y desordenado el movimiento cardiaco.

 El rostro de Cristo pasa alternativamente de accesos de una rojez intensísima a palideces verdosas propias de un agonizante por desangramiento. La boca se mueve con mayor fatiga, porque los nervios, en exceso cansados, del cuello y de la misma cabeza, que han servido de palanca decenas de veces a todo el cuerpo haciendo fuerza contra el madero transversal de la cruz, propagan el calambre incluso a las mandíbulas. La garganta, hinchada por las carótidas obstruidas, debe doler y extender su edema a la lengua, que aparece engrosada y lenta en sus movimientos. La espalda, incluso en los momentos en que las contracciones tetánicas no la curvan formando en ella un arco completo desde la nuca hasta las caderas, apoyadas como puntos extremos en el mástil de la cruz, se va arqueando hacia delante porque los miembros van experimentando cada vez más el peso de las carnes muertas.

La gente ve poco y mal estas cosas, porque la luz ya tiene la tonalidad de la ceniza oscura, y sólo quien esté a los pies de la cruz puede ver bien.

 Jesús ahora se relaja totalmente, pendiendo hacia delante y hacia abajo, como ya muerto; deja de jadear, la cabeza le cuelga inerte hacia delante; el cuerpo, de las caderas hacia arriba, está completamente separado, formando ángulo con la cruz.

 María emite un grito:

-¡Está muerto!

 Es un grito trágico que se propaga en el aire negro. Y Jesús se ve realmente como muerto. Otro grito femenino le responde, y en el grupo de las mujeres observo agitación. Luego un grupo de unas diez personas se marcha, sujetando algo. Pero no puedo ver quiénes se alejan así: es demasiado escasa la luz brumosa; da la impresión de estar envueltos por una nube de ceniza volcánica densísima.

-No es posible - gritan unos sacerdotes y algunos judíos.

-Es una simulación para que nos vayamos. Soldado: pínchale con la lanza. Es una buena medicina para devolverle la voz¡.

 Y, dado que los soldados no lo hacen, una descarga de piedras y terrones vuela hacia la cruz, y chocan contra el Mártir para caer después en las corazas romanas.

 La medicina, como irónicamente han dicho los judíos, obra el prodigio. Sin duda, alguna piedra ha dado en el blanco, quizás en la herida de una mano, o en la misma cabeza, porque apuntaban hacia arriba. Jesús emite un quejido penoso y vuelve en sí. El tórax vuelve a respirar con fatiga y la cabeza a moverse de derecha a izquierda buscando un lugar donde apoyarse para sufrir menos, aunque en realidad encuentra sólo mayor dolor.

 Con gran dificultad, apoyando una vez más en los pies torturados, encontrando fuerza en su voluntad, únicamente en ella, Jesús se pone rígido en la cruz. Se pone de nuevo derecho, como si fuera una persona sana con su fuerza completa. Alza la cara y mira con ojos bien abiertos al mundo que se extiende bajo sus pies, a la ciudad lejana, que apenas es visible como un blancor incierto en la bruma, y al cielo negro del que toda traza de azul y luz han desaparecido. Y a este cielo cerrado, compacto, bajo, semejante a una enorme lámina de pizarra oscura, Él le grita con fuerte voz, venciendo con la fuerza de la voluntad, con la necesidad del alma, el obstáculo de las mandíbulas rígidas, de la lengua engrosada, de la garganta edematosa

-¡Eloi, Eloi, lamma sebacteni! - (esto es lo que oigo).

 Debe sentirse morir, y en un absoluto abandono del Cielo, para confesar con una voz así el abandono paterno. La gente se burla de Él y se ríe. Lo insultan:

-¡No sabe Dios qué hacer de ti! ¡A los demonios Dios los maldice!

 Otros gritan:

-¡Vamos a ver si Elías, al que está llamando, viene a salvarlo.

 Y otros:

-Dadle un poco de vinagre. Que haga unas pocas gárgaras. ¡Viene bien para la voz! Elías o Dios -porque está poco claro lo que este demente quiere- están lejos... ¡Necesita voz para que lo oigan! - y se ríen como hienas o como demonios.

 Pero ningún soldado da el vinagre y ninguno viene del Cielo para confortar. Es la agonía solitaria, total, cruel, incluso sobrenaturalmente cruel, de la Gran Víctima.

 Vuelven las avalanchas de dolor desolado que ya le habían abrumado en Getsemaní. Vuelven las olas de los pecados de todo el mundo a arremeter contra el náufrago inocente, a sumergirle bajo su amargura. Vuelve, sobre todo, la sensación, más crucificante que la propia cruz, más desesperante que cualquier tortura, de que Dios ha abandonado y que la oración no sube a Él...

 Y es el tormento final, el que acelera la muerte, porque exprime las últimas gotas de sangre a través de los poros, porque machaca las fibras aún vivas del corazón, porque finaliza aquello que la primera cognición de este abandono había iniciado: la muerte. Porque, ante todo, de esto murió mi Jesús, ¡oh Dios que sobre Él descargaste tu mano por nosotros!

 Después de tu abandono, por tu abandono, ¿en qué se transforma una criatura? En un demente o en un muerto. Jesús no podía volverse loco porque su inteligencia era divina y, espiritual como es la inteligencia, triunfaba sobre el trauma total de aquel sobre el que cae la mano de Dios. Quedó, pues, muerto: era el Muerto, el santísimo Muerto, el inocentísimo Muerto. Muerto Él, que era la Vida. Muerto por efecto de tu abandono y de nuestros pecados.

 La oscuridad se hace más densa todavía. Jerusalén desaparece del todo. Las mismas faldas del Calvario parecen desaparecer. Sólo es visible la cima (es como si las tinieblas la hubieran mantenido en alto y así recogiera la única y última luz restante, y hubieran depositado ésta, como para una ofrenda, con su trofeo divino, encima de un estanque de ónix líquido, para que esa cima fuera vista por el amor y el odio).

 Y desde esa luz que ya no es luz llega la voz quejumbrosa de Jesús:

-¡Tengo sed!

 En efecto, hace un viento que da sed incluso a los sanos. Un viento continuo, ahora, violento, cargado de polvo, un viento frío, aterrador. Pienso en el dolor que hubo de causar con su soplo violento en los pulmones, en el corazón, en la garganta de Jesús, en sus miembros helados, entumecidos, heridos. ¡Todo, realmente todo se puso a torturar al Mártir!

 Un soldado se dirige hacia un recipiente en que los ayudantes del verdugo han puesto vinagre con hiel, para que con su amargura aumente la salivación en los atormentados. Toma la esponja empapada en ese líquido, la pincha en una caña fina - pero rígida- que estaba ya preparada ahí al lado, y ofrece la esponja al Moribundo.
Jesús se aproxima, ávido, hacia la esponja que llega: parece un pequeñuelo hambriento buscando el pezón materno.

 María, que ve esto y piensa, ciertamente, también en esto, gime, apoyándose en Juan:

-¡Oh, y yo no puedo darle ni siquiera una gota de llanto!... ¡Oh, pecho mío, ¿por qué no das leche?! ¡Oh, Dios, ¿por qué, por qué nos abandonas así?! ¡Un milagro para mi Criatura! ¿Quién me sube para calmar su sed con mi sangre?... que leche no tengo...

 Jesús, que ha chupado ávidamente la áspera y amarga bebida tuerce la cabeza henchido de amargura por la repugnancia. Ante todo, debe ser corrosiva sobre los labios heridos y rotos. Se retrae, se afloja, se abandona.

 Todo el peso del cuerpo gravita sobre los pies y hacia delante. Son las extremidades heridas las que sufren la pena atroz de irse hendiendo sometidas a la tensión de un cuerpo abandonado a su propio peso. Ya ningún movimiento alivia este dolor. Desde el íleon hacia arriba, todo el cuerpo está separado del madero, y así permanece.

 La cabeza cuelga hacia delante, tan pesadamente que el cuello parece excavado en tres lugares: en la zona anterior baja de la garganta, completamente hundida; y a una parte y otra del esternocleidomastoideo. La respiración es cada vez más jadeante, aunque entrecortada: es ya más estertor sincopado que respiración. De tanto en tanto, un acceso de tos penosa lleva a los labios una espuma levemente rosada. Y las distancias entre una espiración y la otra se hacen cada vez más largas. El abdomen está ya inmóvil. Sólo el tórax presenta todavía movimientos de elevación, aunque fatigosos, efectuados con gran dificultad... La parálisis pulmonar se va acentuando cada vez más.

 Y cada vez más débil, volviendo al quejido infantil del niño, se oye la invocación:

-¡Mamá!

 Y la pobre susurra:

-Sí, tesoro, estoy aquí.

 Y cuando, por habérsele velado la vista, dice:

-Mamá, ¿dónde estás? Ya no te veo. ¿También tú me abandonas?

 Y esto no es ni siquiera una frase, sino un susurro apenas perceptible para quien más con el corazón que con el oído recoge todo suspiro del Moribundo.

 Ella responde: -¡No, no, Hijo! ¡Yo no te abandono! Oye mi voz, querido mío... Mamá está aquí, aquí está... y todo su tormento es el no poder ir donde Tú estás...

 Es acongojante... Y Juan llora sin trabas. Jesús debe oír ese llanto, pero no dice nada. Pienso que la muerte inminente le hace hablar como en delirio y que ni siquiera es consciente de todo lo que dice y que, por desgracia, ni siquiera comprende el consuelo materno y el amor del Predilecto.

Longinos -que inadvertidamente ha dejado su postura de descanso con los brazos cruzados y una pierna montada sobre la otra, ora una, ora la otra, buscando un alivio para la larga espera en pie, y ahora, sin embargo, está rígido en postura de atento, con la mano izquierda sobre la espada y la derecha pegada, normativamente, al costado, como si estuviera en los escalones del trono imperial- no quiere emocionarse. Pero su cara se altera con el esfuerzo de vencer la emoción, y en los ojos aparece un brillo de llanto que sólo su férrea disciplina logra contener.

 Los otros soldados, que estaban jugando a los dados, han dejado de hacerlo y se han puesto en pie; se han puesto también los yelmos, que habían servido para agitar los dados, y están en grupo junto a la pequeña escalera excavada en la toba, silenciosos, atentos. Los otros están de servicio y no pueden cambiar de postura. Parecen estatuas. Pero alguno de los más cercanos, y que oye las palabras de María, musita algo entre los labios y menea la cabeza. Un intervalo de silencio.

 Luego nítidas en la oscuridad total las palabras:

-Todo está cumplido!

- y luego el jadeo cada vez más estertoroso, con pausas de silencio entre un estertor y el otro, pausas cada vez mayores.

E1 tiempo pasa al son de este ritmo angustioso: la vida vuelve cuando el respiro áspero del Moribundo rompe el aire; la vida cesa cuando este sonido penoso deja de oírse. Se sufre oyéndolo, se sufre oyéndolo... Se dice:

-¡Basta ya con este sufrimiento! - y se dice:

-¡Oh, Dios mío, que no sea el último respiro!

Las Marías lloran, todas, con la cabeza apoyada contra el realce terroso. Y se oye bien su llanto, porque toda la gente ahora calla de nuevo para recoger los estertores del Moribundo.

Otro intervalo de silencio. Luego, pronunciada con infinita dulzura y oración ardiente, la súplica:

-¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!

Otro intervalo de silencio. Se hace leve también el estertor. Apenas es un susurro limitado a los labios y a la garganta.

Luego... adviene el último espasmo de Jesús. Una convulsión atroz, que parece quisiera arrancar del madero el cuerpo clavado con los tres clavos, sube tres veces de los pies a la cabeza recorriendo todos los pobres nervios torturados; levanta tres veces el abdomen de una forma anormal, para dejarlo luego, tras haberlo dilatado como por una convulsión de las vísceras; y baja de nuevo y se hunde como si hubiera sido vaciado; alza, hincha y contrae el tórax tan fuertemente, que la piel se introduce entre las costillas, que divergen y aparecen bajo la epidermis y abren otra vez las heridas de los azotes; una convulsión atroz que hace torcerse violentamente hacia atrás, una, dos, tres veces, la cabeza, que golpea contra la madera, duramente; una convulsión que contrae en un único espasmo todos los músculos de la cara y acentúa la desviación de la boca hacia la derecha, y hace abrir desmesuradamente y dilatarse los párpados, bajo los cuales se ven girar los globos oculares y aparecer la esclerótica.

 Todo el cuerpo se pone rígido. En la última de las tres contracciones, es un arco tenso, vibrante -verlo es tremendo-. Luego, un grito potente, inimaginable en ese cuerpo exhausto, estalla, rasga el aire; es el "gran grito" de que hablan los Evangelios y que es la primera parte de la palabra "Mamá"... Y ya nada más...

 La cabeza cae sobre el pecho, el cuerpo hacia delante, el temblor cesa, cesa la respiración. Ha expirado.

 La Tierra responde al grito del Sacrificado con un estampido terrorífico. Parece como si de mil bocinas de gigantes provenga ese único sonido, y acompañando a este tremendo acorde, óyense las notas aisladas, lacerantes, de los rayos que surcan el cielo en todos los sentidos y caen sobre la ciudad, en el Templo, sobre la muchedumbre... Creo que alguno habrá sido alcanzado por rayos, porque éstos inciden directamente sobre la muchedumbre; y son la única luz, discontinua, que permite ver.

 Y luego, inmediatamente, mientras aún continúan las descargas de los rayos, la tierra tiembla en medio de un torbellino de viento ciclónico. El terremoto y la onda ciclónica se funden para infligir un apocalíptico castigo a los blasfemos. Como un plato en las manos de un loco, la cima del Gólgota ondea y baila, sacudida por movimientos verticales y horizontales que tanto zarandean a las tres cruces, que parece que las van a tumbar.

Longinos, Juan, los soldados, se asen a donde pueden, como pueden, para no caer al suelo. Pero Juan, mientras con un brazo agarra la cruz, con el otro sujeta a María, la cual, por el dolor y el temblor de la tierra, se ha reclinado en su corazón. Los otros soldados, especialmente los del lateral escarpado, han tenido que refugiarse en el centro para no caer por el barranco. Los ladrones gritan de terror. El gentío grita aún más. Quisieran huir. Pero no pueden. Enloquecidos, caen unos encima de otros, se pisan, se hunden en las grietas del suelo, se hieren, ruedan ladera abajo.

Tres veces se repiten el terremoto y el huracán. Luego, la inmovilidad absoluta de un mundo muerto. Sólo relámpagos, pero sin trueno, surcan el cielo e iluminan la escena de los judíos que huyen en todas las direcciones, con las manos entre el pelo o extendidas hacia delante o alzadas al cielo (ese cielo injuriado hasta este momento y del que ahora tienen miedo). La oscuridad se atenúa con un indicio de luz que, ayudado por el relampagueo silencioso y magnético, permite ver que muchos han quedado en el suelo: muertos o desvanecidos, no lo sé. Una casa arde al otro lado de las murallas y sus llamas se alzan derechas en el aire detenido, poniendo así una pincelada de rojo fuego en el verde ceniza de la atmósfera.

 María separa la cabeza del pecho de Juan, la alza, mira a su Jesús. Lo llama, porque mal lo ve con la escasa luz y con sus pobres ojos llenos de llanto. Tres veces lo llama:
-¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!

 Es la primera vez que lo llama por el nombre desde que está en el Calvario. Hasta que, a la luz de un relámpago que forma como una corona sobre la cima del Gólgota, lo ve, inmóvil, pendiendo todo Él hacia fuera, con la cabeza tan reclinada hacia delante y hacia la derecha, que con la mejilla toca el hombro y con el mentón las costillas. Entonces comprende. Entonces extiende los brazos, temblorosos en el ambiente oscuro, y grita:

-¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío!

Luego escucha... Tiene la boca abierta, con la que parece querer escuchar también; e igualmente tiene dilatados los ojos, para ver, para ver... No puede creer que su Jesús ya no esté...

Juan -también él ha mirado y escuchado, y ha comprendido que todo ha terminado- abraza a María y trata de alejarla de allí, mientras dice:

-Ya no sufre.
Pero antes de que el apóstol termine la frase, María, que ha comprendido, se desata de sus brazos, se vuelve, se pliegacurvándose hasta el suelo, se lleva las manos a los ojos y grita:

-¡No tengo ya Hijo!
Luego se tambalea. Y se caería, si Juan no la recogiera, si no la recibiera por entero, en su corazón. Luego él se sienta en el suelo, para sujetarla mejor en su pecho, hasta que las Marías -que ya no tienen impedido el paso por el círculo superior de soldados, porque, ahora que los judíos han huido, los romanos se han agrupado en el rellano de abajo y comentan lo sucedido sustituyen al apóstol junto a la Madre.

 La Magdalena se sienta donde estaba Juan, y casi coloca a María encima de sus rodillas, mientras la sostiene entre sus brazos y su pecho, besándola en la cara exangüe vuelta hacia arriba, reclinada sobre el hombro compasivo.

 Marta y Susana, con la esponja y un paño empapado en el vinagre le mojan las sienes y los orificios nasales, mientras la cuñada María le besa las manos, llamándola con gran aflicción, y, en cuanto María vuelve a abrir los ojos y mira a su alrededor con una mirada como atónita por el dolor, le dice:

-Hija, hija amada, escucha... dime que me ves... soy tu María... ¡No me mires así!...

Y, puesto que el primer sollozo abre la garganta de María y caen las primeras lágrimas, ella, la buena María de Alfeo, dice:

-Sí, sí, llora... Aquí conmigo como ante una mamá, pobre, santa hija mía - y cuando oye que María le dice: « ¡Oh, María, María! ¿Has visto?», ella gime: «¡Sí!, sí,... pero... pero... hija... ¡oh, hija!...

No encuentra más palabras y se echa a llorar la anciana María: es un llanto desolado al que hacen de eco el de todas las otras (o sea, Marta y María, la madre de Juan y Susana).
Las otras pías mujeres ya no están. Creo que se han marchado, y con ellas los pastores, cuando se ha oído ese grito femenino...

Los soldados cuchichean unos con otros.

-¿Has visto los judíos? Ahora tenían miedo.

-Y se daban golpes de pecho.

-Los más aterrorizados eran los sacerdotes.

-¡Qué miedo! He sentido otros terremotos, pero como éste nunca Mira: la tierra está llena de fisuras.

-Y allí se ha desprendido todo un trozo del camino largo.

-Y debajo hay cuerpos.

-¡Déjalos! Menos serpientes.

-¡Otro incendio! En la campiña...

-¿Pero está muerto del todo?

-¿Pero es que no lo ves? ¿Lo dudas?

Aparecen de tras la roca José y Nicodemo. Está claro que se habían refugiado ahí, detrás del parapeto del monte, para salvarse de los rayos. Se acercan a Longinos. -Queremos el Cadáver.

-Solamente el Procónsul lo concede. Pero id inmediatamente, porque he oído que los judíos quieren ir al Pretorio para  obtener el crurifragio. No quisiera que cometieran ultrajes.


-¿Cómo lo has sabido?

-Me lo ha referido el alférez. Id. Yo espero.

Los dos se dan a caminar, raudos, hacia abajo por el camino empinado, y desaparecen.

Es entonces cuando Longinos se acerca a Juan y le dice en voz baja unas palabras que no alcanzo a oír. Luego pide a un soldado una lanza. Mira a las mujeres, centradas enteramente en María, que lentamente va recuperando las fuerzas. Todas dan la espalda a la cruz.

Longinos se pone enfrente del Crucificado, estudia bien el golpe Y luego lo descarga. La larga lanza penetraprofundamente de abajo arriba, de derecha a izquierda.

Juan, atenazado entre el deseo de ver y el horror de ver, aparta un momento la cara.

-Ya está, amigo - dice Longinos, y termina:

-Mejor así. Como a un caballero. Y sin romper huesos... ¡Era verdaderamente un Justo! De la herida mana mucha agua y un hilito sutil de sangre que ya tiende a coagularse. Mana, he dicho. Sale solamente filtrándose, por el tajo neto que permanece inmóvil, mientras que si hubiera habido respiración éste se habría abierto y cerrado con el movimiento torácico-abdominal...



LAS SIETE PALABRAS DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO EN LA CREACIÓN



LAS SIETE PALABRAS DE JESÚS EN LA SANTA CRUZ, según la Santa Anna Catalina de Emmerich, en su obra “La Pasión de Jesucristo”



LAS SIETE PALABRAS DE JESÚS EN LA SANTA CRUZ, según la Santa Anna Catalina de Emmerich, en su obra “La Pasión de Jesucristo




PRIMERA PALABRA DE JESÚS EN LA CRUZ.


 Tan pronto como los verdugos habían crucificado a los dos ladrones y dividieron las vestiduras de Jesús entre ellos, juntaron sus herramientas, dirigieron unas pocas palabras de insultos más hacia nuestro Señor, y se marcharon.

 Los Fariseos, del mismo modo, cabalgaron hacia Jesús, lo observaron despreciativamente, hicieron uso de algunas expresiones oprobiosas, y entonces dejaron el lugar.

 Los soldados romanos, de entre los cuales cien habían sido apostados alrededor del Calvario, fueron ordenados a retirarse, y sus lugares cubiertos por otros cincuenta, cuyo comando fue dado a Abenadar, un árabe de nacimiento, quien después  tomó el nombre de Ctésiphon en el bautismo, y el segundo en comandar era Cassius, quien, cuando se hizo Cristiano, fue conocido por el nombre de Longinus: Pilatos frecuentemente hacía uso de él como mensajero.

 Doce Fariseos, doce Saduceos, así como muchos Escribas, y unos pocos Ancianos, acompañados por aquellos judíos que se habían esforzado en persuadir a Pilatos para que cambiara la inscripción en la Cruz de Jesús, entonces se acercaron: estaban furiosos, ya que el gobernador romano les había dado una negativa directa. Cabalgaron alrededor de la plataforma, y alejaron a la Virgen Bendita, a quien Juan condujo hasta las mujeres santas. Cuando pasaron la Cruz de Jesús, movieron sus cabezas desdeñosamente a él, exclamando al mismo tiempo: “Bah! Vos que destruís el templo de Dios, y en tres días lo construís de nuevo, salvaos, bajando de la Cruz. Que el Cristo, el Rey de Israel, descienda ahora de la Cruz, para que podamos ver y creer”. Los soldados, igualmente, hacían uso de lenguaje burlesco.

 El semblante y todo el cuerpo de Jesús se hacían aún más descoloridos: parecía estar a punto de desfallecer, y Gesmas (el ladrón malo) exclamó: “El demonio por el cual está poseído está por dejarlo”.

 Un soldado tomó entonces una esponja, la llenó con vinagre, la puso en una caña, y se la presentó a Jesús, que pareció beber. “Si Vos sois el Rey de los Judíos”, dijo el soldado, “salvaos, descendiendo de la Cruz”. Estas cosas tuvieron lugar durante el tiempo en que la primera partida de soldados fuera relevada por aquella de Abenadar.
                                                                              
Jesús levantó un poco su cabeza, y dijo, “Padre, perdónalos, por que no saben lo que hacen”.

 Y Gesmas gritó, “Si Vos sois el Cristo, salvaos y sálvanos”. Dismas (el ladrón bueno) estaba silencioso, pero estaba profundamente conmovido ante la oración de Jesús por sus enemigos. Cuando María escuchó la voz de su Hijo, incapaz de reprimirse, avanzó corriendo, seguida por Juan, Salomé, y María de Cleofás, y se acercó a la Cruz, lo que el centurión bondadoso no impidió.

 Las oraciones de Jesús obtuvieron para el ladrón bueno una muy poderosa gracia; recordó de repente que fueron Jesús y María quienes lo habían curado de la lepra en su infancia, y exclamó con voz clara y fuerte, “¿Cómo podéis insultarlo cuando reza por vos? Él ha estado silencioso, y sufrió todos los ultrajes con paciencia; él es verdaderamente un Profeta – él es nuestro Rey – él es el Hijo de Dios”.

 Esta inesperada amonestación de labios de un miserable malhechor que estaba muriendo en la cruz causó una tremenda conmoción entre los espectadores; juntaron piedras, y desearon lanzárselas; pero el centurión Abenadar no lo permitiría.

 La Virgen Bendita fue muy confortada y fortalecida por la oración de Jesús, y Dismas dijo a Gesmas, quien aún seguía blasfemando a Jesús, “Ni siquiera teméis a Dios, viendo que estáis  bajo la misma condena. Y nosotros que lo hacemos en efecto con justicia, ya que recibimos el premio merecido por nuestras obras; pero este hombre no ha hecho nada malo. Recuerda que estáis al borde de la muerte, y arrepiéntete”.

 Fue iluminado y conmovido: confesó sus pecados a Jesús, y dijo: “Señor, si Vos me condenáis será con justicia”. Y Jesús replicó, “Vos experimentaréis mi misericordia”. Dismas, lleno de la más perfecta contrición, empezó instantáneamente a agradecer a Dios por las grandes gracias que había recibido, y a reflexionar sobre los múltiples pecados de su vida pasada. Todos estos eventos tuvieron lugar entre las doce y doce y media poco después de la crucifixión; pero había tenido lugar tal cambio sorpresivo en la apariencia de la naturaleza durante aquel tiempo como para asombrar a los observadores y llenar sus mentes de pasmo y terror.


ECLIPSE DEL SOL – SEGUNDA Y TERCERA FRASE DE JESÚS EN LA CRUZ.


 Un pequeño granizo había caído alrededor de las diez, - cuando Pilatos estaba dictando sentencia, - y después de eso el clima se aclaró. Hasta hacia las doce, cuando la espesa niebla de apariencia rojiza comenzó a obscurecer al sol.  Hacia la hora sexta, de acuerdo a la manera de contar de los judíos, el sol fue repentinamente oscurecido.

 Me fue mostrada la causa exacta de este maravilloso fenómeno; pero desafortunadamente lo he parcialmente olvidado, y para lo que no he olvidado no puedo encontrar las palabras para expresarlo; pero fui ascendida desde la tierra, y contemplé las estrellas y los planetas moviéndose fuera de sus propias esferas. Vi a la luna  como una inmensa bola de fuego rodando a lo largo como si volara desde la tierra.

  Fui llevada entonces de repente de vuelta a Jerusalén, y contemplé la luna reaparecer detrás del Monte de los Olivos, viéndose pálida y llena, y avanzando rápidamente hacia el sol, el que estaba menguado y envuelto por una niebla. Vi hacia el este del sol un gran cuerpo oscuro que tenía la apariencia de una montaña, y que pronto ocultó enteramente al sol. El centro de este cuerpo era amarillo oscuro, y un círculo rojo como un anillo de fuego estaba a su alrededor. El cielo se puso más oscuro y las estrellas parecieron lanzar una luz roja y pavorosa.

  Tanto hombres como bestias fueron golpeados por el terror; los enemigos de Jesús cesaron de denigrarlo, mientras los Fariseos se esforzaron en dar razones filosóficas para lo que estaba teniendo lugar, pero fallaron en su intento, y fueron reducidos al silencio.

 Muchos fueron presa del remordimiento, se golpeaban el pecho, y gritaban, “¡Que su sangre caiga sobre sus asesinos!”. Algunos otros, ya sea cerca de la Cruz o a la distancia, cayeron sobre sus rodillas e imploraron perdón de Jesús, quien dirigió compasivamente sus ojos sobre ellos en medio de sus sufrimientos.

 Sin embargo, la oscuridad continuó incrementándose, y cada uno, excepto María y los más fieles entre los amigos de Jesús, dejaron la Cruz.

 Dismas entonces levantó su cabeza, y en un tono de humildad y esperanza dijo a Jesús, “Señor, recuérdame cuando entréis en vuestro reino”.

 Y Jesús respondió, “Amén, os digo, este día estaréis conmigo en el Paraíso”.

 Magdalena, María de Cleofás, y Juan estaban cerca de la Cruz de nuestro Señor y lo observaron, mientras la Virgen Bendita, llena de intensos sentimientos de amor maternal, imploró a su Hijo que le permitiera morir con él, pero él, lanzando una mirada de inefable ternura sobre ella, volteó hacia Juan y dijo,

 “Mujer, mira a vuestro hijo”, entonces dijo a Juan, “Mira a vuestra madre”.

 Juan miró a su moribundo Redentor, y saludó a esta amada madre (a quien desde entonces consideró como a su propia madre) de la más respetuosa manera. La Virgen Bendita estaba tan abrumada por el dolor ante estas palabras de Jesús que casi se desvanece, y fue llevada a corta distancia de la Cruz por las santas mujeres.

 No sé si Jesús realmente pronunció estas palabras, pero sentí interiormente que a María la dio a Juan como una madre, y a Juan a María como un hijo.

 En visiones similares una persona es frecuentemente consciente de cosas que no están escritas, y las palabras sólo pueden expresar una porción de ellas, aunque para el individuo a quien les son mostradas son tan claras que no necesitan explicación.

 Por esta razón, no me pareció sorprendente en lo más mínimo que Jesús debiera llamar a la Virgen Bendita “Mujer”, en vez de “Madre”. Sentí que intentó demostrar que ella era aquella mujer de la que se habla en las Escrituras que iba a aplastar la cabeza de la serpiente, y que entonces era el momento en el cual aquella promesa fue cumplida en la muerte de su Hijo. Supe que Jesús, al darla a ella como Madre a Juan, la dio también como Madre de todos los que creen en él, que se hacen hijos de Dios, y no son nacidos de carne y sangre, o del deseo del hombre, sino del de Dios.

 Tampoco me pareció sorprendente que la más pura, la más humilde, y la más obediente entre las mujeres, quien, cuando saludada por el ángel como “llena de gracia”, inmediatamente replicó, “Miradme, la esclava del Señor, que se haga en mí según vuestra palabra”, y en cuyo vientre la Palabra fue instantáneamente hecha carne, - que ella, cuando informada por su moribundo Hijo que iba a convertirse en la madre espiritual de otro hijo, debiera repetir las mismas palabras con humilde obediencia, e inmediatamente adoptara como sus hijos a todos los hijos de Dios, los hermanos de Jesucristo. Estas cosas son mucho más fáciles de sentir por la gracia de Dios que ser expresadas con palabras. Recuerdo  a mi celestial Esposo diciéndome una vez, “Todo está impreso en los corazones de aquellos hijos de la Iglesia que creen, esperan, y aman.”


EL TEMOR SENTIDO POR LOS HABITANTES DE JERUSALÉN. – CUARTA FRASE DE JESÚS EN LA CRUZ.


 Era alrededor de la una y media cuando fui llevada a Jerusalén para ver lo que estaba pasando allí. Los habitantes estaban perfectamente sobrecogidos de terror y ansiedad; las calles oscuras y tenebrosas, y algunas personas estaban caminando al tanteo, mientras otras, sentadas en el suelo con sus cabezas cubiertas, se golpeaban el pecho, o subían a los techos de sus casas, miraban al cielo, y estallaban en amargas lamentaciones. Incluso los animales emitían dolorosos quejidos y se escondían; los pájaros volaban bajo y caían a tierra.

 Vi a Pilatos conferenciando con Herodes acerca del estado alarmante de las cosas: estaban los dos extremadamente agitados, y contemplaban la apariencia del cielo desde aquella terraza sobre la que Herodes estaba cuando entregó a Jesús para ser insultado por la chusma enfurecida.

 “Estos eventos no están en el curso normal de la naturaleza”, exclamaron ambos: “deben estar causados por la ira de los dioses, que están disgustados ante la crueldad que ha sido ejercida hacia Jesús de Nazaret”.

 Pilatos y Herodes, rodeados de guardias, dirigieron entonces sus temblorosos y precipitados pasos por el forum hasta el palacio de Herodes.

 Pilatos desvió su cabeza cuando pasó por Gabbatha, desde donde él había condenado a Jesús para ser crucificado, la plaza estaba casi vacía; unas pocas personas podían ser vistas reentrando a sus casas lo más rápidamente posible, y unos pocos otros corriendo y llorando, mientras dos o tres pequeños grupos podían ser distinguidos a la distancia.

 Pilatos envió por algunos de los Ancianos y les preguntó acerca de lo que pensaban que la asombrosa oscuridad podría presagiar, y dijo que él mismo la consideraba  una prueba fenomenal de la furia del Dios de ellos ante la crucifixión del Galileo, quien era más que probablemente profeta y rey de ellos; añadió que nada tenía que reprocharse a sí mismo por ese empeoramiento, ya que se había lavado las manos acerca de todo el asunto, y era, por lo tanto, absolutamente inocente.

 Los Ancianos estaban más endurecidos que nunca, y replicaron, en tono malhumorado, que no había nada no natural en el curso de los eventos, que podrían ser fácilmente explicados por los filósofos, y que no se arrepentían de nada que hubieran hecho. Sin embargo, muchas personas fueron convertidas, y entre otros, aquellos soldados que cayeron al suelo ante las palabras de nuestro Señor cuando fueron enviados para arrestarlo en el Jardín de los Olivos.

La chusma se reunió ante la casa de Pilatos, y en vez del grito de “¡Crucifícalo, crucifícalo!” que había resonado en la mañana, podías escuchar vociferaciones de “¡Abajo el juez inicuo!”. “¡Que la sangre del hombre justo caiga sobre sus asesinos!”.

 Pilatos estaba muy alarmado; envió por guardias adicionales, y se esforzó en echar toda la culpa sobre los Judíos. De nuevo declaró que el crimen no fue suyo; que él no tenía nada que ver con este Jesús, a quien ellos habían puesto a morir injustamente, y quien era rey de ellos, su Santo; que ellos solos eran culpables, ya que debía ser evidente para todos que condenó a Jesús solamente por compulsión.

 El Templo estaba atestado de Judíos, que estaban atentos a la inmolación del cordero Pascual; pero cuando la oscuridad se incrementó a un grado tal que fue imposible distinguir el semblante de uno respecto del otro, fueron presa del miedo, el susto y el pavor, los que expresaron mediante lúgubres gritos y lamentaciones.

 Los Sumos Sacerdotes se esforzaron en mantener el orden y la tranquilidad. Todas las lámparas estaban encendidas; pero la confusión se hacía mayor a cada momento, y anás aparecía perfectamente paralizado del terror. Lo vi empeñándose en esconderse primero en un lugar, y luego en otro. Cuando dejé el Templo, y caminé por las calles, advertí que, aunque ni un hálito de viento se movía, aun así las puertas y ventanas de las casas se sacudían como en una tormenta, y la oscuridad se hacía más densa a cada momento.

 La consternación producida por la repentina oscuridad en el Monte Calvario era indescriptible. Cuando comenzó al principio, la confusión del ruido de los martillos, las vociferaciones de la chusma, los gritos de los dos ladrones al ser sujetados a sus cruces, los discursos insultantes de los Fariseos, el devenir de los soldados, y los alaridos beodos de los verdugos, habían absorbido tan completamente la atención de cada uno, que el cambio que estaba gradualmente viniendo sobre la faz de la naturaleza no fue notado; pero al incrementarse la oscuridad, todo sonido cesó, cada voz fue acallada, y el remordimiento y el terror tomaron posesión de cada corazón, mientras los presentes se retiraban uno por uno a distancia de la Cruz.

 Fue entonces que Jesús dio su Madre a San Juan, y que ella, abrumada por el dolor, fue llevada a corta distancia.

 Mientras la oscuridad continuaba creciendo más y más en densidad, el silencio se hacía perfectamente desconcertante; cada uno parecía golpeado por el terror; algunos miraron al cielo, mientras otros, llenos de remordimiento, voltearon hacia la Cruz, se golpearon el pecho, y se convirtieron.

 Aunque los Fariseos estaban en realidad totalmente tan alarmados como las otras personas, aun así se esforzaron al principio en poner una cara audaz al asunto, y declararon que no podían ver nada inexplicable en estos eventos; pero al final incluso ellos perdieron convicción, y fueron reducidos al silencio.

 El disco del sol era de un tinte amarillo oscuro, algo semejante a una montaña cuando es vista bajo la luz de la luna, y estaba rodeado por un brillante anillo de fuego; las estrellas aparecieron, pero la luz que emitían era roja y tenebrosa; las aves estaban tan aterrorizadas que caían al suelo; las bestias temblaban y gemían; los caballos y los asnos de los Fariseos se apiñaban lo más cerca posible unos de otros, y ponían sus cabezas entre las patas. La densa niebla penetraba todo.

 La quietud reinaba alrededor de la Cruz. Jesús pendiendo de ella solo; olvidado por todos, - discípulos, seguidores, amigos, su Madre inclusive fue removida de su lado; ninguna de las miles de personas sobre quienes había prodigado beneficios estaba cerca para ofrecerle el más mínimo alivio en su amarga agonía, - su alma estaba por de más cubierta de un indescriptible sentimiento de amargura y dolor, - todo dentro de él era oscuro, triste, y desdichado.

 La oscuridad que reinaba alrededor no era sino simbólica de aquella que se extendía por de más en su interior; se volvió, sin embargo, hacia su Padre Celestial, oró por sus enemigos.

 Ofreció el cáliz de sus sufrimientos para su redención, continuó orando como había hecho durante toda su Pasión, y repetía partes de aquellos Salmos, cuyas profecías estaban recibiendo su cumplimiento en él. Vi ángeles parados alrededor. De nuevo miré a Jesús – mi amado Esposo – en su Cruz, agonizando y muriendo, aunque todavía en triste soledad.

 Él en aquel momento, sobrellevó una angustia que ninguna pluma puede describir, - sintió aquel sufrimiento que abrumaría a un pobre y débil mortal si fuera privado al instante de todo consuelo, tanto divino como humano, y luego se obligó, sin descanso, asistencia, o luz, a atravesar el tormentoso desierto de la tribulación sostenido solamente por la fe, la esperanza y la caridad.

 Sus sufrimientos eran indecibles; pero fue por ellos que él ameritó para nosotros la gracia necesaria para resistir aquellas tentaciones de desesperación que nos asaltarán en la hora de la muerte, - aquella tremenda hora cuando sentiremos que estamos a punto de dejar todo aquello que nos es querido aquí abajo.

 Cuando nuestras mentes, debilitadas por la enfermedad, hayan perdido el poder de razonar, e incluso nuestras esperanzas de misericordia y perdón sean como si estuvieran envueltas por la bruma y la incertidumbre, - entonces es que debemos volar hacia Jesús, unir nuestros sentimientos de desolación con aquel indescriptible abandono que sobrellevó en la Cruz, y estar seguros de obtener una victoria gloriosa sobre nuestros infernales enemigos.

 Jesús ofreció entonces a su Eterno Padre su pobreza, su abandono, sus trabajos, y por sobre todo, los amargos sufrimientos que nuestra ingratitud le habían ocasionado que soportara en expiación de nuestros pecados y debilidades; nadie, por lo tanto, que esté unido a Jesús en el seno de su Iglesia debe desesperarse ante el horrible momento que precede a su salida de esta vida, incluso si está privado de toda luz sensible y confort; ya que debe recordar entonces que el Cristiano no está más obligado a entrar en este oscuro desierto solo y desprotegido, ya que Jesús ha echado su propio abandono interior y exterior sobre la Cruz dentro de este golfo de desolación, consecuentemente no será abandonado para enfrentarse solo con la muerte, o librado a dejar este mundo en desolación de espíritu, privado de la consolación celestial.

 Todo temor de soledad y desesperación en la muerte debe entonces ser apartado; ya que Jesús, quien es nuestra luz verdadera, el Camino, la Verdad, y la Vida, nos ha precedido en aquel camino triste, lo ha cubierto por de más de bendiciones, y ha levantado su Cruz sobre él, hacia la cual una mirada calmará cada uno de nuestros temores.

 Jesús  entonces (si podemos expresarnos así) hizo su último testamento en presencia de su Padre, y legó los méritos de su Muerte y Pasión a la Iglesia y a los pecadores. Ningún alma errada fue olvidada; él pensó en todas y cada una; orando, del mismo modo, incluso por aquellos herejes que se han empeñado en probar que, siendo Dios, no sufrió como un hombre lo haría en su lugar.

 El grito que él permitió que traspasara sus labios en la cima de su agonía estaba destinado, no solamente a mostrar el exceso de los sufrimientos que estaba entonces soportando, sino también para alentar a todas las almas afligidas que reconocen a Dios como su Padre para tender sus penas con filial confidencia a sus pies.

 Fue hacia las tres cuando gritó con fuerte voz, “Eloi, Eloi, lamma sabacthani?”.

 Estas palabras de nuestro Señor interrumpieron el silencio de muerte que había continuado tanto; los Fariseos se dirigieron a él, y uno de ellos dijo: “Miren, llama a Elías”; y otro: “Veamos si  Elías vendrá a liberarlo”.

 Cuando María oyó la voz de su divino Hijo, fue incapaz de contenerse más, sino que avanzó corriendo, y regresó al pie de la Cruz, seguida por Juan, maría la hija de Cleofás, María Magdalena, y Salomé.

  Una tropa de alrededor de treinta jinetes desde Judea y alrededores de Joppa, que estaban en su camino a Jerusalén para la festividad, pasaron justo en el momento en que todo estaba silencioso alrededor de la Cruz, tanto asistentes y espectadores estando traspasados por el terror y la aprehensión. Cuando contemplaron a Jesús pendiendo de la Cruz, cuando vieron la crueldad con la que lo habían tratado, y notaron las señales extraordinarias de la ira de Dios que cubrían la faz de la naturaleza, se llenaron de horror y exclamaron: “Si el Templo de Dios no estuviera en Jerusalén, la ciudad debería ser incendiada por haber tomado sobre sí tan temible crimen”.

 Estas palabras de labios de extranjeros –  que portaban también la apariencia de personas de rango – causaron una gran impresión en los circunstantes, y fuertes murmuraciones y exclamaciones de dolor fueron escuchadas en todos lados; algunos individuos se reunieron en grupos, la mayoría libremente para desahogar su pena, aunque una cierta porción de la multitud continuaba blasfemando e insultando todo alrededor.

 Los Fariseos fueron forzados a asumir un tono más humilde, ya que temían una insurrección entre la gente, estando bien al tanto de la gran excitación existente entre los habitantes de Jerusalén.  Sostuvieron entonces una consulta con Abenadar, el centurión, y acordaron con él que la puerta de la ciudad, que estaba en la cercanía, debería ser cerrada, para prevenir mayor comunicación, y que deberían pedir a Pilatos y Herodes por 500 hombres para precaverse de una insurrección; el centurión, entretanto, hacía todo lo que estaba en su poder para mantener el orden y evitaba que los Fariseos insulten a Jesús, ya que si no, exasperaría aún más a la gente.

 Poco después de las tres la luz reapareció de a poco, la luna comenzó a alejarse del disco del sol, mientras el sol de nuevo brillaba, aunque su apariencia estaba menguada, estando rodeado por una especie de neblina roja; por momentos se hacía más brillante, y las estrellas desaparecían, pero el cielo estaba aún lúgubre. Los enemigos de Jesús pronto recuperaron su arrogante espíritu cuando vieron regresar la luz; y fue entonces que exclamaron, “Miren, llama a Elías”.


QUINTA, SEXTA Y SÉPTIMA FRASE DE JESÚS EN LA CRUZ. – SU MUERTE.


 La luz continuó regresando de a poco, y el lívido semblante exhausto de nuestro Señor se hizo visible otra vez.

 Su cuerpo se había hecho mucho más blanco por la cantidad de sangre que había perdido; y lo oí exclamar, “Soy prensado como una uva, la que es pisada en la prensa de vino. Mi sangre será vertida hasta que salga agua, pero vino no será más hecho aquí”.

 No puedo estar segura de si él realmente pronunció estas palabras, como para ser escuchadas por otros, o si fueron solamente una respuesta otorgada a mi oración interior. Posteriormente tuve una visión relacionada con estas palabras, y en ella vi a Jafet haciendo vino en este lugar.

 Jesús estaba casi desmayándose, su lengua estaba reseca, y dijo: “Tengo sed”.

 Los discípulos que estaban parados alrededor de la Cruz lo observaban con la más profunda expresión de pesar, y él añadió, “¿No podían haberme dado un poco de agua?”. Con estas palabras les dio a entender que nadie les habría impedido hacerlo durante la oscuridad.

 Juan se llenó de remordimiento, y replicó: “No pensamos en hacerlo, oh Señor”. Jesús pronunció unas pocas palabras más, el significado de las cuales era: “Mis amigos y mis vecinos debían también olvidarme, y no darme de beber, ya que así lo que  fuera escrito en relación a mí pudiera ser cumplido.” Esta omisión lo había afligido mucho.

 Los discípulos entonces ofrecieron dinero a los soldados para obtener permiso para darle un poco de agua: ellos se negaron a darla, pero hundieron una esponja en vinagre y hiel, y estaban a punto de ofrecerla a Jesús, cuando el centurión Abenadar, cuyo corazón fue conmovido por la compasión, la arrebató, exprimió la hiel, vertió algo de vinagre fresco sobre ella, y ajustándola a una caña, puso la caña al final de una lanza, y se la presentó a Jesús para beber.

 Oí a nuestro Señor decir varias otras cosas, pero sólo recuerdo estas palabras: “Cuando mi voz quede en silencio, las bocas de los muertos se abrirán”. Algunos de los circunstantes gritaron: “Blasfema otra vez”. Pero Abenadar los obligó a estar en silencio.

 La hora de nuestro Señor había llegado al fin; su pelea con la muerte había comenzado; un sudor frío se extendió en cada miembro.

 Juan se paró al pie de la Cruz, y limpió los pies de Jesús con su escapulario.

 Magdalena estaba en cuclillas sobre el suelo en un completo frenesí de desolación detrás de la Cruz.

 La Virgen Bendita estaba parada entre Jesús y el buen ladrón, sostenida por Salomé y María de Cleofás, con sus ojos clavados en el semblante de su Hijo moribundo.

 Jesús entonces dijo: “Está consumado”;

 Y, levantando su cabeza, gritó con fuerte voz, “Padre, en vuestras manos encomiendo mi espíritu”.

 Estas palabras, las que emitió con tono claro y emotivo, resonaron a través de cielo y tierra; y un momento después, inclinó su cabeza y entregó su alma.

 Vi su alma, bajo la apariencia de un brillante meteoro, penetrando la tierra al pie de la Cruz.

 Juan y las santas mujeres cayeron postradas al suelo.

 El centurión Abenadar había mantenido sus ojos constantemente fijos en el desfigurado semblante de nuestro Señor, y estaba perfectamente anonadado ante todo lo que había tenido lugar.

 Cuando nuestro Señor pronunció sus últimas palabras, antes de expirar, en tono fuerte, la tierra se estremeció, y la roca del Calvario se partió, formando un profundo abismo entre la Cruz de nuestro Señor y aquella de Gesmas.

 La voz de Dios – aquella solemne y terrible voz – había resonado a través del universo entero; había quebrado el silencio solemne que había inundado toda la naturaleza. Todo se había cumplido.

 El alma de nuestro Señor había abandonado su cuerpo: su último clamor había llenado cada pecho con terror.

 La tierra convulsionada había homenajeado a su Creador: la espada de la aflicción había traspasado los corazones de aquellos que lo amaban.

 Este momento  fue el momento de la gracia para Abenadar; su caballo se sacudió debajo de él; su corazón fue tocado; se partió como la roca dura;  arrojó su lanza a distancia, golpeó su pecho, y exclamó: “Bendito sea el Altísimo Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; en efecto este Hombre era el Hijo de Dios!”. Sus palabras convencieron a muchos entre los soldados, quienes siguieron su ejemplo y fueron igualmente convertidos.

 Abenadar se convirtió desde ese momento en un hombre nuevo; adoró al verdadero Dios, y no serviría más a sus enemigos. Entregó tanto su caballo como su lanza a un subalterno de nombre Longinus, quien, habiendo dirigido unas pocas palabras a los soldados, montó su caballo, y tomó sobre sí la comandancia.

 Abenadar entonces abandonó el Calvario, y fue a través del Valle de Gijón hasta las cuevas del Valle de Hinnom, donde los discípulos estaban ocultos, anunció a ellos la muerte de nuestro Señor, y luego fue a la ciudad, para ver a Pilatos.

 Tan pronto había Abenadar rendido público testimonio de su creencia en la divinidad de Jesús, que un gran número de soldados siguió su ejemplo, como también algunos de los circunstantes, e incluso unos pocos Fariseos.

 Muchos se golpearon el pecho, lloraron, y regresaron a casa, mientras otros rasgaron sus vestiduras, y echaron polvo sobre sus cabezas, y todos estaban llenos de horror y temor.

  Juan se levantó; y algunas de las santas mujeres que estaban a corta distancia se acercaron a la Virgen Bendita y la condujeron lejos del pie de la Cruz.

 Cuando Jesús, el Señor de la vida y la muerte, entregó su alma en manos de su Padre, y permitió que la muerte tomara posesión de su cuerpo, su sagrado cuerpo tembló y se puso lívidamente blanco; las incontables heridas que estaban cubiertas con sangre coagulada aparecían como marcas oscuras; sus mejillas se hicieron más hundidas, su nariz más aguda, y sus ojos, que estaban oscurecidos con sangre, permanecieron empero medio abiertos.

 Levantó su cansada cabeza, que aún estaba coronada con espinas, por un momento, y luego la dejó caer de nuevo en agonía de dolor; mientras sus resecos y partidos labios, sólo parcialmente cerrados, mostraban su sangrante e inflamada lengua.

 En el momento de la muerte sus manos, las que se contrajeron al unísono alrededor de los clavos, se abrieron y regresaron a su tamaño natural, como también lo hicieron sus brazos; su cuerpo se puso rígido, y todo el peso se lanzó hacia los pies, sus rodillas dobladas, y sus pies volteados hacia un lado.

¿Qué palabras pueden, ay, expresar la profunda pena de la Virgen Bendita? Sus ojos cerrados, un tinte como de muerte esparcido en su semblante; incapaz de estar parada, cayó al suelo, pero pronto fue levantada y sostenida por Juan, Magdalena, y los otros. Miró una vez más a su Hijo – aquel Hijo a quien había concebido por el Espíritu Santo, la carne de su carne, hueso de sus huesos, corazón de su corazón – colgado de una cruz entre dos ladrones; crucificado, deshonrado, condenado por aquellos a quienes vino a la tierra para salvar; y bien se podría en este momento llamársele a ella “la reina de los mártires”.

 El sol aún parecía débil y difuminado con neblina; y durante el tiempo del terremoto el aire estaba denso y opresivo, pero gradualmente se hizo más claro y fresco.

Eran alrededor de las tres cuando Jesús expiró.

 Los Fariseos estaban al principio muy alarmados ante el terremoto; pero cuando el primer sacudón terminó se recobraron, empezaron a lanzar piedras dentro del abismo, y trataron de medir su profundidad mediante cuerdas.

 Encontrando, sin embargo, que no podían escrutar su fondo, se pusieron pensativos, escucharon ansiosamente a los quejidos de los penitentes, quienes estaban lamentándose y golpeándose el pecho, y luego dejaron el Calvario.

 Muchos entre los espectadores fueron realmente convertidos, y la mayor parte regresó a Jerusalén perfectamente sobrecogidos de terror.

 Los soldados romanos fueron colocados en las puertas y en otras partes principales de la ciudad, para evitar la posibilidad de una insurrección.

 Cassius permaneció en el Calvario con cerca de cincuenta soldados. Los amigos de Jesús estaban alrededor de la Cruz, contemplaban a nuestro Señor, y lloraban; muchas entre las santas mujeres habían retornado a sus hogares, y todo estaba silencioso y abrumado por la pena.


LAS SIETE PALABRAS DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO EN LA CREACIÓN