05 junio 2016

MENSAJE DEL ESPÍRITU SANTO (04 Jun 16), y explicación

MENSAJE DEL ESPÍRITU SANTO (04 Jun 16), y explicación


“Sufristeis aun sin esperanza conservando la Fe, seréis recompensados conforme vuestra fe, daréis testimonio de la Verdad e iluminaréis a muchas almas fortaleciéndolas en la hora de prueba que llegará sobre la humanidad”.

“Orad el Credo al menos tres veces al día”.


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EXPLICACIÓN DEL MENSAJE:


1.- “Sufristeis aun sin esperanza conservando la Fe,…”:


 Hemos sido perseguidos, atormentados, castigados por parte de los demonios y de aquellos que son sus instrumentos en el mundo.

 Hemos padecido noche y día el castigo, hemos conocido el dolor y no hemos disfrutado mas que algún momento de paz que nos ha servido solo para tomar aliento y volver al combate espiritual.

 No nos ha quedado dolor sin convencer, pena sin probar, amargura sin saborear, todo padecimiento lo hemos experimentado en alma y mas allá todavía, cosa que nos permite afirmar que el alma padece mas que el cuerpo y es nada el dolor que puede soportar el cuerpo comparado con aquel que experimenta el alma atormentada por demonios.

 Todo lo hemos probado para manifestar la Fe, para perseverar y sacrificarnos, para demostrar que somos y seremos fieles, para dar testimonio de la Verdad en medio de las penas y dolores, pruebas y tentaciones.

 Siempre hemos elegido a Dios, siempre nos hemos entregado a su Voluntad, aun derrotados, vencidos, humillados y asquerosamente atormentados.

 Si alguna vez nos elegimos por debilidad o agotamiento, solo fue para conocer otro tipo de humillación, aquella que no permite que nos enorgullezcamos en las victorias sobre nosotros mismos y los enemigos espirituales.

 Llegamos al colmo del sufrimiento, cuando el espíritu padece toda clase de infiernos y donde conocemos que llega a ser preferible morir que vivir.

 Ahí perdimos la fe y comprendimos que ni siquiera importa la vida en este mundo de tinieblas, y con sumo dolor y sin descanso alguno, compendioso que también se desvanecía la esperanza de hallar alivio.

 Ese estado sumamente infernal, asquerosamente sufriente hemos mantenido la fe y perseveramos con sumo dolor noche y día, a esto se refiere El Espíritu Santo.


2.- “…Seréis recompensados conforme vuestra fe,…”:


 La recompensa que promete el Espíritu Santo consiste en Vida, eso que no hemos conocido en medio de tantos tormentos, dolores, castigos y padecimientos.

 Nos hemos visto reducidos a una miserable y abominable existencia sufriente propia del infierno, no hemos conocido la Vida, fuimos prensados, aplastados, oprimidos, el alma fue estrujada, retorcida como un trapo de piso al que se le quita el agua.

 Solo hemos conocido dolor, sufrimiento, padecimientos, y lo que es propio de la ausencia de Dios, la carencia de Vida.

 Pese a ello hemos mantenido la Fe y por ello es que el Espíritu de Dios nos promete la Vida que no hemos tenido, una recompensa conforme la Fe que supimos atesorar, defender, conservar en medio de tantos e infernales tormentos abominables sin reposo, salida, consuelo o remedio.


3.-  “…Daréis testimonio de la Verdad e iluminaréis a muchas almas fortaleciéndolas en la hora de prueba que llegará sobre la humanidad”:


 El testimonio primero de la Fe y la Verdad lo hemos dado al conservar la Fe en medio de tantos e infernales tomentos extendidos en el tiempo.

 Ahora daremos testimonio de Fe fortaleciendo, aconsejando, instruyendo, enseñando, iluminando a otras almas, guiándolas en sus pruebas para que también puedan mantener intacto el tesoro de la Fe.

 Lo que hemos pasado no es diferente de lo que pasaran todas las almas, solo nos hemos adelantado porque El seor se ha fiado en nosotros para que en este momento que llega seamos su apoyo, auxilio, colaboradores, ministros de la Verdad y del Espíritu Santo.

 Acá no hay títulos ni recomendaciones humanas, es el mismo Espíritu Santo el que nos presenta y recomienda porque somos de Él, vivimos por Él, Él Es Nuestra Esencia.


4.- “Orad el Credo al menos tres veces al día”:


 El Credo es el resumen de la Fe Verdadera y es lo que deben tener en común todas las religiones que se digan inspiradas por Dios.

 El Credo fue recitado por los apóstoles y la historia de como ha sido formada esta oración bien puede leerse en la obra “Mística Ciudad de Dios”, de la Beata Sor María de Jesús de Ágreda, cuyo extracto se transcribe abajo:


 “Y en la petición que la Reina hacía para los Apóstoles, a más de la promesa del Señor que los asistiría para que acertasen a dis­poner el Símbolo de la fe, declaró Su Majestad a su Madre santísima los términos y palabras y proposiciones de que por entonces se había de formar. De todo estaba capaz la prudentísima Señora, pero ahora que llegaba el tiempo de ejecutarse todo lo que de tan lejos había entendido, quiso renovarlo todo en el purísimo corazón de su Madre Virgen, para que de boca del mismo Cristo saliesen las verdades infalibles en que se funda su Iglesia. Fue también conveniente prevenir de nuevo la humildad de la gran Señora, para que con ella se conformase a la voluntad de su Hijo santísimo en haberse de oír nombrar en el Credo por Madre de Dios y Virgen antes y después del parto, viviendo en carne mortal entre los que habían de predicar y creer esta verdad divina. Pero no se pudo temer que oyese predicar tan singular excelencia de sí misma, la que mereció que mirara Dios su humildad para obrar en ella la mayor de sus maravillas, y más pesa el ser Madre y Virgen, conociéndolo ella, que oírlo predicar en la Iglesia. Despidióse Cristo nuestro bien de su beatísima Madre y se volvió a la diestra de su Eterno Padre. Y luego inspiró en el corazón de su vicario San Pedro y los demás que ordenasen todos el Símbolo de la fe universal de la Iglesia. Y con esta moción fueron a conferir con la divina Maestra las conveniencias y necesidad que había en esta resolución. Determinóse entonces que ayunasen diez días continuos y perseverasen en oración, como lo pedía tan arduo negocio, para que en él fuesen ilustrados del Espíritu Santo. Cumplidos estos diez días, y cuarenta que la Reina trataba con el Señor esta materia, se juntaron los doce Apóstoles en presencia de la gran Madre y Maes­tra de todos, y San Pedro les hizo una plática en que les dijo estas razones:”

 “Hermanos míos  carísimos, la divina misericordia por su bondad infinita y por los merecimientos de nuestro Salvador y Maes­tro Jesús, ha querido favorecer a su Santa Iglesia comenzando a mul­tiplicar sus hijos tan gloriosamente, como en pocos días todos lo conocemos y experimentamos. Y para esto su brazo todopoderoso ha obrado tantas maravillas y prodigios y cada día los renueva por nuestro ministerio, habiéndonos elegido, aunque indignos, para mi­nistros de su divina voluntad en esta obra de sus manos y para glo­ria y honra de su santo nombre. Junto con estos favores nos ha en­viado tribulaciones y persecuciones del demonio y del mundo, para que con ellas le imitemos como a nuestro Salvador y para que la Iglesia con este lastre camine más segura al puerto del des­canso y eterna felicidad. Los discípulos se han derramado por las ciudades circunvecinas por la indignación  de los príncipes  de los sacerdotes y predican en todas partes la fe de Cristo nuestro Señor y Redentor. Y nosotros será necesario que vayamos luego a predi­carla por todo el orbe, como nos lo mandó el Señor antes de subir a los cielos. Y para que todos prediquemos una misma doctrina y los fieles la crean, porque la santa fe ha de ser una como es uno el bau­tismo en que la reciben, conviene que ahora todos juntos y con­gregados en el Señor determinemos las verdades y misterios que a todos los creyentes se les han de proponer expresamente, para que todos sin diferencia los crean en todas las naciones del mundo. Pro­mesa es infalible de nuestro Salvador que donde se congregaren dos o tres en su nombre estará en medio de ellos y en esta palabra esperamos con firmeza que nos asistirá ahora su divino Espíritu para que en su nombre entendamos y declaremos con decreto invariable los artículos que ha de recibir la Iglesia, para fundarse en ellos hasta el fin del mundo”.

“Aprobaron todos los Apóstoles esta proposición de San Pe­dro, y luego el mismo Santo celebró una Santa Misa y comulgó a María santísima y a los otros Apóstoles, y acabada se postraron en tierra, orando e invocando al divino Espíritu, y lo mismo hizo María santí­sima. Y habiendo orado algún espacio de tiempo, se oyó un tronido como cuando el Espíritu Santo vino la primera vez sobre todos los fieles que estaban congregados y al punto fue lleno de luz y resplan­dor admirable el cenáculo donde estaban y todos fueron ilustrados y llenos del Espíritu Santo. Y luego María santísima les pidió que cada uno pronunciase y declarase un misterio, o lo que el Espíritu divino le administraba. Comenzó San Pedro y prosiguieron todos en esta forma:”

 “San Pedro: Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Criador del cielo y de la tierra. San Andrés: Y en Jesucristo su único Hijo nuestro Señor. Santiago el Mayor: Que fue concebido por obra del Espíritu San­to, nació de María Virgen. San Juan: Padeció debajo del poder de Poncio Piloto, fue cruci­ficado, muerto y sepultado. Santo Tomás: Bajó a los infiernos, resucitó al tercero día de en­tre los muertos. Santiago el Menor: Subió a los cielos, está asentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso. San Felipe: Y de allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. San Bartolomé: Creo en el Espíritu Santo. San Mateo: La santa Iglesia católica, la comunión de los Santos. San Simón: El perdón de los pecados. San Judas Tadeo: La resurrección de la carne. San Matías: La vida perdurable. Amén”.

“Este Símbolo, que vulgarmente llamamos el Credo, ordena­ron los Apóstoles después del martirio de San Esteban y antes que se cumpliera el año de la muerte de nuestro Salvador. Y después la Santa Iglesia, para convencer la herejía de Arrio [que niega a la  divinidad de Jesús] y otros herejes en los concilios que contra ellos hizo, explicó más los misterios que contiene el Símbolo de los Apóstoles y compuso el Símbolo o Credo que se canta en la Santa Misa. Pero en sustancia entrambos son una misma cosa y contienen los doce artículos que nos propone la doctrina cristiana para catequizarnos en la fe, con la cual tenemos obligación de creerlos para ser salvos. Y al punto que los Apóstoles acabaron de pronunciar todo este Símbolo, el Espíritu Santo lo aprobó con una voz que se oyó en medio de todos y dijo: Bien habéis determi­nado.—Y luego la gran Reina y Señora de los cielos dio gracias al Muy Alto con todos los Apóstoles, y también se las dio a ellos por­que habían merecido la asistencia del divino Espíritu para hablar como instrumentos suyos con tanto acierto en gloria del Señor y be­neficio de la Iglesia. Y para mayor confirmación y ejemplo de sus fieles, se puso de rodillas la prudentísima Maestra a los pies de San Pedro y protestó la santa fe católica como se contiene en el Símbolo que acabaron de pronunciar. Y esto hizo por sí y por todos los hijos de la Iglesia con estas palabras, hablando con San Pedro: Señor mío, a quien reconozco por vicario de mi Hijo santísimo, en vuestras manos, yo vil gusanillo, en mi nombre y en el de todos los fieles de la Iglesia, confieso y protesto todo lo que habéis determinado por verdades infalibles y divinas de fe católica y en ellas bendigo y alabo al Altísimo de quien proceden.—-Besó la mano al Vicario de Cristo y a los demás Apóstoles, siendo la primera que protestó la fe santa de la Iglesia después que se determinaron sus artículos”.

 “Luego que se formó el Símbolo de los Apóstoles hizo por sus manos innumerables copias de él, asis­tiéndola sus Santos Ángeles, ayudándola y sirviéndola también de secretarios para escribir, y para que sin dilación le recibiesen todos los discípulos que andaban derramados y predicando por Palestina. Se lo remitió a cada uno con algunas copias para que las repartie­sen y con carta particular en que se lo ordenaba y le daba noticia del modo y forma que los Apóstoles habían guardado para componer y ordenar aquel Símbolo, que se había de predicar y enseñar a todos los que viniesen a la fe para que le creyesen y confesasen. Y porque los discípulos estaban en diferentes ciudades y lu­gares, unos lejos y otros más cerca, a los más vecinos les remitió el Símbolo y su instrucción por mano de otros fieles que se las entre­gaban y a los de más lejos las envió con sus Ángeles, que a unos de los discípulos se les manifestaban y les hablaban, y esto sucedió con los más, pero a otros no se manifestaron y se les dejaban en pliego en sus manos invisiblemente, inspirándoles en el corazón admirables efectos, y por ellos y las cartas de la misma Reina conocían el orden por donde venía el despacho. Sobre estas diligencias que hizo por sí misma, dio orden a los Apóstoles para que ellos en Jerusalén y otros lugares distribuyesen también el Símbolo que habían escrito y que informasen a todos los creyentes de la veneración en que le debían tener por los altísimos misterios que contenía y por haberle ordenado el mismo Señor, enviando al Espíritu Santo para que le inspirase y aprobase, y cómo había sucedido y todo lo demás que era necesario para que entendiesen todos que aquella era fe única, invariable y cierta, que se había de creer, confesar y predicar en la Iglesia para conseguir la gracia y la vida eterna”.

 “Con esta instrucción y diligencias, en muy pocos días se distribuyó el Credo de los Apóstoles entre los fieles de la Iglesia, con increíble fruto y consuelo de todos, porque con el fervor que comúnmente todos tenían lo recibieron con suma veneración y devo­ción. Y el Espíritu divino, que lo había ordenado para firmeza de la Iglesia, lo fue confirmando luego con nuevos milagros y prodigios, no sólo por mano de los Apóstoles y discípulos, sino también por la de otros muchos creyentes. Muchos que le recibieron escrito con especial veneración y afecto, recibieron al Espíritu Santo en forma visible, que venía sobre ellos con una divina luz que los rodeaba exteriormente y los llenaba de ciencia y celestiales efectos. Y con esta maravilla se movían y encendían otros en el deseo ardentísimo de tenerle y reverenciarle. Otros con poner el Credo sobre los enfer­mos, muertos y endemoniados les daban salud a los enfermos, resucitaban los difuntos y expelían a los demonios. Y entre estas mara­villas sucedió un día que un judío incrédulo, oyendo a un católico que leía con devoción el Credo, se irritó contra el creyente con gran furor y fue a quitársele de las manos, y antes de ejecutarlo cayó el judío muerto a los pies del católico. A los que desde entonces se iban bautizando como eran adultos, se les mandaba que luego pro­testasen la fe por el Símbolo apostólico, y con esta confesión y pro­testa venía sobre ellos el Espíritu Santo visiblemente”.



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