30 mayo 2016

UNA VEZ, INTERCEDER POR LOS ENEMIGOS



UNA VEZ, INTERCEDER POR LOS ENEMIGOS


 Sabiendo que es absolutamente necesario orar para alcanzar la salvación y comprendiendo que hay almas absolutamente miserables, ególatras e inútiles totalmente incapaces de orar, la verdadera caridad consiste en orar por otros.

 Algunos se salvarán por nuestras oraciones, otros no, pero la limosna de la oración debemos darla, arrojarla, tirarla en esas alcancías que son los corazones ególatras.

 No lo merecen, nunca mas injusto, pero es conveniente hacerlo.

 Solo por Dios, porque Dios quiere, sin mérito ni recompensa, sin satisfacción, y al contrario, con repugnancia y natural rechazo a esas almas inmundas, miserables y abominables.

 Al orar por ellas, si se pierden, será por su culpa, no responsabilidad nuestra.

 Ni siquiera podrán quejarse o acusar a Dios ni a otros, hubo en su momento quienes oraron por ellos generosa y desinteresadamente.

 Es limosna espiritual, las almas no lo merecen, pero Dios quiere darles así una oportunidad de redimirse.

 Es humillante para esas almas abominables, considerar que justo a quienes han maltratado y hecho padecer oraron una vez por su salvación, eso les resultará insultante en su orgullo repugnante.

 Eso es lo que les servirá de testimonio de la Verdad, no merecían nada mas que la condenación, incluso la venganza de parte de aquellos a los que han oprimido, pero éstos los han perdonado y han intercedido delante de Dios cumpliendo lo que dijo El Señor de orar por enemigos y perseguidores.

 Esos cerdos opresores conocerán la caridad verdadera de este modo, por la generosidad de las almas que fueron oprimidas por ellos y que generosa y desinteresadamente han intercedido ante Dios por su salvación.

 Si renuncian a su orgullo, aceptar esto, los liberará les dará la fuerza para corregirse y no perderse, luego deberán purgar, pagar, compensar, reparar, her penitencia, no será fácil, pero tal vez no se pierdan.

 Así que, el sacrificio consiste en orar, negarse a sí orando por los mas repugnantes y abominables enemigos cuando Dios lo pide o inspira, no siempre incurriendo en el síndrome de estocolmo.

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